La cámara estaba sofocantemente silenciosa, el aire cargado con el leve toque de hierbas y el fuerte olor a hierro de la sangre. El fuego en el brasero silbaba y crepitaba, proyectando largas sombras que se retorcían sobre las paredes de piedra como fantasmas inquietos. Ragnar estaba de pie junto a la cama, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho, pero su postura rígida delataba el peso que lo oprimía, enroscándose más profundamente con cada latido.
Atenea yacía donde la había dejado, bajo