El castillo guardaba silencio como una tumba. Ni siquiera el viento se atrevía a colarse por las estrechas ventanas mientras la primera luz del amanecer se deslizaba sobre las piedras, tiñendo la cámara de un plateado tenue.
Atenea caminó lentamente hacia la puerta, con las extremidades temblando bajo el peso de verdades demasiado duras para soportar.
La Espada de la Llama descansaba en su palma. Su hoja de ceniza plateada brillaba débilmente, no con la luz reflejada, sino con su propio pulso,