Ragnar estaba congelado. No por el dolor, aunque sangraba. No por el miedo, aunque se retorcía alrededor de sus pulmones como cadenas. Sino porque Atenea no se movía.
Su cuerpo yacía inerte en sus brazos, brillando débilmente con hilos de luz plateada que relucían sobre su piel como venas talladas en polvo de estrellas. Sus pestañas plateadas temblaban, pero no se abrían. Tenía los labios entreabiertos, la respiración superficial y el corazón apenas latía bajo su piel.
La abrazó, como si la pur