El santuario contuvo la respiración. Ni siquiera las llamas se atrevieron a parpadear. El humo se enroscaba como carne fantasmal a través de los arcos destrozados, y el aire temblaba con un silencio que no se sentía vacío, sino vigilante. Las runas talladas en las antiguas piedras pulsaban débilmente, como si anticiparan lo inevitable.
Entonces... Una presión silenciosa. Un cambio. Y la Puerta del Guardián explotó hacia adentro en una tormenta de piedra fracturada y viento aullante. La ceniza s