Atenea se deslizó bajo la superficie de la consciencia como una piedra a través de aguas negras, rápido, silencioso, inevitable.
El olvido no la tragó por completo. La estudió, desenredando el tiempo en cintas plateadas que brillaban y se rompían alrededor de sus extremidades. Se dejó llevar hacia abajo, a través de cielos que latían como vidrio fundido, con el sabor a sangre y humo aún vivo en su lengua.
Pero la sangre era demasiado dulce.
Y el humo... era tan familiar.
Cuando sus pies encontr