El silencio era más pesado que una piedra.
Atenea yacía en la cama, con las extremidades doloridas y la piel erizada por el calor de la batalla y la confusión. Las sábanas se le pegaban a la espalda, húmedas de sudor. No podía descansar. No con todas las cosas que gritaban constantemente en su cabeza, creando un enorme caos en su interior.
No con él en la habitación.
No con Ragnar sentado en ese sillón maldito como un demonio de guardia. Parecía tan enorme que su presencia intimidante hacía que