CAPÍTULO 97 — LA CORONA Y EL PESO.
Ana se despertó con el peso de la corona invisible aplastándole el cráneo. El palacio de Zafir era un laberinto de mármol frío y ecos distantes, y esa mañana, su primera como emperatriz oficial, lo sentía como una cárcel. Se levantó de la cama revuelta, la mejilla aún marcada por el golpe de la noche anterior, aunque el moretón se disimulaba bajo capas de polvo facial que una doncella le aplicó con manos temblorosas. "Debo asistir a la audiencia matutina", pensó, el estómago revuelto. No tenía