CAPÍTULO 84 — EL BESO Y LAS SOMBRAS.
El día estaba gris. El viento arrastraba hojas secas por el patio del ducado Lysmar. Alexandra caminaba sola, con el vestido de seda beige que su madre insistía en que usara “para parecer más serena”. No servía de nada. Dentro de ella solo había ruido: las voces de la noche del compromiso, la humillación, el rechazo.
Desde el día en que el príncipe Carlos la rescató, había evitado mirarlo. Le incomodaba su presencia. No por miedo, sino por algo peor: familiaridad. Cuando lo tenía cerca, sentía