El silencio fue lo primero que escuchó. Alexandra abrió los ojos con lentitud. La luz era tenue, filtrada por cortinas gruesas. No reconocía el techo, ni las paredes, ni el olor del lugar. No había sirvientas, ni guardias, ni las sombras familiares del palacio. El colchón era demasiado blando.
Intentó incorporarse, pero el cuerpo no le respondió del todo. La cabeza le pesaba y el estómago le ardía.
El corazón le golpeó el pecho cuando vio la puerta abrirse.
Un hombre entró. Alto, de hombros anch