El palacio amaneció en caos. Los mensajeros iban y venían por los pasillos, los soldados gritaban órdenes, y los nobles cuchicheaban en los salones como hienas frente a la sangre. La noticia se había esparcido antes del amanecer: la princesa Alexandra Lysmar había desaparecido la noche de su compromiso.
Eros, impecable en su papel, caminó por el salón principal fingiendo desesperación. Su túnica estaba desordenada, el rostro tenso. Golpeó una columna, dejando que todos lo vieran.
—¡Encuéntrenla