CAPÍTULO 111 — CLAUDIA, LA REINA DE CENIZAS.
El comedor privado de Claudia estaba silencioso, salvo por el crujir de las velas consumiéndose en candelabros de hierro. La mesa estaba cubierta de restos: cáscaras de fruta podrida, huesos de pollo roídos, copas volcadas con manchas de vino seco. Claudia, en un vestido púrpura arrugado, estaba sentada sola, los ojos inyectados por el insomnio y el miedo, el cabello desordenado cayendo sobre los hombros. Sostuvo la copa que Ana le sirvió, el vino oscuro reflejando la luz parpadeante. No notó e