CAPÍTULO 110 — EL DESPERTAR DE ANA.
Ana abrió los ojos al amanecer, la luz pálida colándose por la ventana rota de la cabaña. Su cuerpo seguía débil, los huesos sobresaliendo bajo la piel, pero el dolor agudo del veneno había desaparecido. Su mente, antes nublada por fiebre y pesadillas, estaba ahora clara, afilada. Las mantas ásperas estaban arrugadas a su alrededor, empapadas de sudor seco.
Aron, su ex prometido, estaba sentado en un taburete de madera, afilando una daga con una piedra, el sonido rítmico llenando el silencio. L