El edificio de Industrias Fox se alzaba como un obelisco de cristal y acero sobre la ciudad, pero para mí, esa mañana, se sentía como una tumba climatizada. Caminé por el vestíbulo, ignorando los saludos serviles de los empleados. Mi mandíbula estaba tan tensa que me dolía la base del cráneo. Isabella se había quedado en la mansión, instalándose en el ala este como si nunca se hubiera ido, y el llanto de mis hijos al despertar sin Amber seguía rebotando en las paredes de mi conciencia.
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