El silencio en la suite principal era más ensordecedor que cualquier grito. Isabella dormía en la habitación de invitados —porque no permití que tocara mi cama—, pero su presencia infectaba el aire de la mansión como una plaga. Me serví otro trago, mirando mis manos. Las mismas manos que ayer recorrían la piel de Amber con la devoción de un creyente, ahora solo sostenían cristal y veneno.
Me sentía traicionado. Un nudo de hierro me apretaba la garganta cada vez que recordaba a Amber diciendo "e