El sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte, tiñendo el cielo de una mezcla violenta de naranjas y púrpuras que se reflejaban en el cristal de las oficinas de Black Group. Habíamos terminado una jornada de diez horas, cerrando el contrato de la terminal portuaria con una precisión que incluso a Andrés parecía haberlo dejado satisfecho. Sin embargo, al cerrar mi ordenador, sentí que mis tobillos pulsaban con un dolor sordo y mis párpados pesaban una tonelada.
—Suficiente por hoy, Amber —dijo