Capítulo 2: El Rey de Hielo

La mansión de Tyler Fox no era una casa; era una declaración de guerra arquitectónica. Vidrio, acero y ángulos tan afilados que parecían capaces de cortar el viento de la costa. Amber alisó su vestido azul marino, el que Emma le había obligado a comprar, y trató de ignorar cómo sus manos sudaban contra la tela.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, el silencio del vestíbulo la golpeó. No había juguetes tirados, ni risas, ni rastro de que allí vivieran niños. Solo el aroma a sándalo y una limpieza quirúrgica.

—Suba las escaleras. Segunda puerta a la izquierda. No toque nada —le indicó un mayordomo que parecía tener menos alma que el mármol del suelo.

Amber obedeció. Al entrar al despacho, la vista del océano a través del ventanal era impresionante, pero lo que realmente le quitó el aliento fue el hombre sentado tras el escritorio de cristal. Tyler Fox tenía el cabello oscuro perfectamente peinado y unos ojos grises que la escanearon con la eficiencia de un rayo X.

—Llega dos minutos tarde, Harrison —dijo él, sin levantar la vista de su tablet—. Odio la impuntualidad. Sugiere una mente desordenada.

—Hubo un accidente en la carretera de la costa, señor Fox. Mis disculpas —respondió Amber, manteniendo la voz firme a pesar del vuelco en su estómago.

Tyler finalmente dejó la tablet y se reclinó en su silla, entrelazando sus dedos largos. Su mirada descendió por el rostro de Amber, se detuvo en su cuello y luego recorrió sus curvas con una frialdad que la hizo sentir desnuda y juzgada.

—Casandra dijo que eras "especial". Yo solo veo a una mujer que parece haber pasado los últimos años rindiéndose ante la vida —soltó él, con una franqueza brutal—. Mírate. Esas curvas... esa postura. Pareces cansada de existir.

Amber sintió que la sangre le subía a las mejillas. James la había humillado, pero que un extraño lo hiciera en los primeros treinta segundos era un nivel nuevo de crueldad.

—Mi aspecto físico no tiene nada que ver con mi capacidad para cuidar a sus hijos, señor Fox.

—Te equivocas. Todo tiene que ver con todo —él se puso de pie, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador—. Mis hijos son activos, demandantes y difíciles. Necesitan a alguien con energía, no a alguien que cargue con el peso del mundo en las caderas. Sinceramente, Harrison, pareces un peso muerto. Un estorbo que mis hijos terminarán devorando.

Amber apretó los puños. El dolor de su pasado se transformó de repente en una chispa de rabia pura.

—¿Peso muerto? —repitió ella, dando un paso hacia adelante, acortando la distancia—. Usted no sabe nada de lo que yo puedo cargar. He sobrevivido a cosas que harían que su imperio de cristal se hiciera añicos. Si busca a una modelo de pasarela para que posé con sus hijos, contrate a una agencia. Pero si busca a alguien que entienda lo que es el dolor, la pérdida y la necesidad de protección, entonces deje de mirar mis curvas y empiece a mirar mi resiliencia.

El silencio que siguió fue denso. Tyler la miró fijamente, sorprendido por el fuego en sus ojos. Se acercó tanto que Amber pudo notar el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con su actitud gélida.

—Tiene agallas, Harrison. Eso se lo concedo —murmuró él, su voz bajando a un barítono peligroso—. Pero las agallas no calman las pesadillas de dos niños que no dejan entrar a nadie.

—Quizás es porque usted los trata como si fueran transacciones comerciales en lugar de seres humanos —retó ella.

Tyler apretó la mandíbula, y por un segundo, Amber creyó que la echaría a patadas. En cambio, él soltó una risa carente de alegría y regresó a su escritorio.

—Bien. Veamos cuánto duran esas agallas bajo mi techo. Está contratada. Tres meses de prueba. Si llora, si se queja de mis horarios o si intenta darme lecciones de paternidad otra vez, estará en la calle antes de que el sol se ponga.

—No suelo llorar delante de extraños, señor Fox —mintió ella, con la barbilla en alto.

—Eso espero. El sueldo es el triple de lo que pidió, porque sé que lo usará para pagar la terapia cuando renuncie —él volvió a su tablet, dándola por descartada—. Instálese en el ala oeste. La habitación de los niños es la 4-B. No los despierte si están durmiendo. Ojalá tenga mejor suerte que la última niñera; ella duró cuatro horas.

Amber salió del despacho con el corazón martilleando contra sus costillas. "Peso muerto", pensó, mientras caminaba por el pasillo. Si Tyler Fox creía que podía romperla con palabras, no tenía idea de con quién se estaba metiendo.

Lo que Amber no sabía era que, al cruzar esa puerta, no solo aceptaba un trabajo. Estaba caminando hacia el encuentro con los pedazos de su propio corazón que creía enterrados hace cinco años.

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