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Capítulo 1: Sal, Arena y una Vacante Inesperada

El aire de la costa de Sarasota no olía a hospital ni a flores marchitas de cementerio; olía a salitre, a bloqueador solar de coco y a una libertad que a Amber le escocía en los pulmones. Tras cruzar la frontera y dejar atrás las cenizas de su vida con James Moon, el horizonte azul del Golfo de México parecía el único remedio posible.

¡Si vuelves a suspirar como una heroína de novela victoriana, te juro que te hundo la cabeza en la margarita! —exclamó Casandra, ajustándose unas gafas de sol que costaban más que el alquiler de Amber

Las tres estaban sentadas en un bar frente a la playa, con los pies enterrados en la arena blanca. Emma, la más analítica del grupo desde sus días en la universidad, le dio un sorbo a su copa y asintió.

—Cas tiene razón, Am. Llevas tres estados mirando por la ventana como si estuvieras esperando que el fantasma de tu ex aparezca en el retrovisor. James Moon es un idiota, y el divorcio es tu pase de salida de la morgue emocional en la que vivías.

Amber esbozó una sonrisa débil, jugueteando con el borde de su vaso.

—Es difícil, chicas. Siento que... que me falta peso. Como si me hubiera quedado sin gravedad.

—Lo que te falta es tequila y un plan —sentenció Casandra, golpeando la mesa con energía—. Míranos. Las "Tres Mosqueteras de la Facultad de Artes" juntas de nuevo. Emma es una abogada que odia a la gente, yo soy una relacionista pública que ama el drama, y tú... tú eres la mejor cuidadora que he conocido. Tienes ese instinto, Amber. No dejes que ese imbécil te lo robe.

—¿Instinto? —Amber bajó la mirada hacia su cuerpo, esas curvas que James había despreciado—. Ahora mismo solo siento que soy un desastre con patas.

—¡Un desastre muy sexy, por cierto! —intervino Emma, guiñándole un ojo—. Esas curvas están pidiendo a gritos un vestido nuevo, no esa túnica de monja que llevas puesta.

Casandra, que no dejaba de revisar su teléfono, de repente dio un salto en la silla que casi hace volcar las bebidas.

—¡Es el destino! ¡Lo sabía! —gritó, atrayendo las miradas de los turistas alemanes de la mesa de al lado.

—¿Qué pasa? ¿Ganaste la lotería? —preguntó Amber, contagiándose un poco de su entusiasmo.

—Mejor. Mi jefe me acaba de pasar un chisme de las altas esferas. ¿Ubican a Tyler Fox? ¿El CEO de Fox Global? ¿El hombre que sale en las portadas de Forbes y que parece tallado por ángeles con problemas de actitud?

—El "Rey del Hielo" —recordó Emma con un escalofrío—. Dicen que despide a sus asistentes si el café está a $179°F$ en lugar de $180°F$.

—Ese mismo. Pues resulta que el hombre está desesperado. Tiene dos niños —Casandra bajó la voz, poniéndose seria por un segundo—, y no hay niñera que le dure más de una semana. Las espanta a todas con sus gruñidos de lobo herido. Paga una fortuna, Amber. Una absoluta obscenidad de dinero. Y lo mejor: es una mansión cerrada, privada, lejos de todo.

Amber sintió un vuelco en el corazón. La palabra niños siempre era un arma de doble filo para ella.

—Cas, no sé si estoy lista para cuidar niños... después de lo que pasó...

—Escúchame, Amber Harrison —Casandra le tomó las manos, obligándola a mirarla a los ojos—. Has pasado cinco años cuidando una tumba y a un marido que no te merecía. Es hora de cuidar algo que esté vivo. Además, necesitas el dinero para empezar de cero. Si puedes sobrevivir a James Moon, puedes sobrevivir a un CEO con complejo de Dios.

—Y piénsalo —añadió Emma con una sonrisa pícara—, vivirías en una mansión frente al mar. Si el tipo es tan insoportable como dicen, solo tienes que ignorarlo y disfrutar de la piscina infinita mientras los niños duermen.

Amber miró el océano. El azul era tan profundo como el vacío que sentía en el pecho, pero por primera vez en años, sintió una pequeña chispa de curiosidad.

—¿Seguro que no me despedirá el primer día por no ser una modelo de pasarela? —preguntó Amber, intentando bromear.

—Si se atreve a decirte algo, le mando a Emma para que lo demande por daños morales —rió Casandra, levantando su copa—. ¿Qué dices, Am? ¿Lista para entrar en la guarida del lobo?

Amber inhaló el aire salado, sintiendo que el peso de su pasado se aligeraba apenas un gramo.

—Está bien. Consígueme esa entrevista.

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