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Curvas Prohibidas: La Niñera Harrison
Curvas Prohibidas: La Niñera Harrison
Por: Mia Blair
Prólogo: El naufragio de los Moon

El cristal de la oficina de James  reflejaba una ciudad vibrante, una que hace años hubiera hecho mi corazón latir, pero dentro de esas cuatro paredes, el aire estaba muerto. Amber sostenía un par de escarpines blancos tejidos a mano, un hábito nervioso que no había podido abandonar en cinco años.

James ni siquiera levantó la vista de los documentos sobre su escritorio de caoba.

—Firma, Amber. No lo hagas más patético de lo que ya es —dijo él, con una voz tan afilada como el papel que empujaba hacia ella, sin mostrar emocion,

Amber parpadeó, sintiendo que el suelo desaparecía, su mundo se caia en pedazo.

—¿Divorcio? James, hoy se cumplen cinco años. Pensé que... pensé que iríamos juntos al cementerio. Como siempre.— Ella sentia que se quedaba sin aire.

James soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor. Se puso de pie, ajustándose el saco de tres mil dólares que parecía una armadura contra los sentimientos.

—¿Al cementerio a llorar por dos tumbas? Estoy harto, Amber. Estoy harto de oler a incienso y de verte arrastrar ese cuerpo por la casa como si fueras un fantasma.— El era  cruel y no mostraba resentimiento por su palabras 

—¡Eran nuestros hijos! —gritó ella, y su voz se quebró—. ¡Nacieron sin aire, James! ¡Yo los sentí morir dentro de mí! No puedes pedirme que simplemente lo olvide.

—Mírate —la señaló él con desprecio, recorriendo con la mirada las curvas de Amber que, tras el trauma, ella misma había aprendido a odiar—. Ya ni siquiera te reconoces. Eres un peso muerto en mi vida. Un recordatorio constante de un fracaso que no estoy dispuesto a cargar más.

Amber retrocedió, apretando los escarpines contra su pecho.

—¿Un fracaso? ¿Así es como llamas a nuestra familia?

—Llamo fracaso a una mujer que se rompió y nunca intentó recoger los pedazos —sentenció James, acercándose hasta que ella pudo oler su perfume costoso—. No me diste herederos, solo me diste años de luto y sábanas frías. Ya no te amo, Amber. A decir verdad, me das lástima.

—James, por favor... no tenemos a nadie más.

—Tú no tienes a nadie —corrigió él, dándole la espalda para mirar hacia el horizonte de la ciudad—. Yo tengo un imperio que dirigir y una vida que recuperar. Vete de aquí. Llévate tus recuerdos, tus tejidos y tus lágrimas. No quiero volver a ver tu rostro en esta ciudad.

—¿A dónde se supone que vaya? No tengo nada.

James se giró por última vez, sus ojos eran dos pozos de indiferencia absoluta.

—Ese es el problema, Amber. Siempre has sido "nada" desde que ellos no llegaron. Firma el papel y desaparece. Consideralo un acto de misericordia: te estoy liberando de la tumba en la que decidiste vivir.

Amber firmó. Sus dedos temblaban tanto que la rúbrica apenas parecía suya. Dejó los papeles sobre la mesa, dejó su anillo de bodas a un lado y, con el corazón convertido en cenizas, salió de la oficina sin saber que el destino la guiaría directamente hacia el hombre que guardaba el secreto de su vida.

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