Capítulo 3: Invasión.

Sharon Foster.

Siempre me considere una persona valiente, capaz de sobrevivir a toda la m****a que la vida me arrojara, pero ahora que mi teléfono no paraba de sonar y el nombre de Ryan brillaba en la pantalla con cada llamada; comenzaba a darme cuenta que mi valentía no había sido más que un espejismo.

No me atrevía a contestar, no sabía cómo enfrentarlo, como dar por terminada una relación de 5 años que hasta ahora había sido absolutamente perfecta. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a romperle el corazón de la manera en que Adrián pretendía que lo hiciera?

Cerré los ojos, sintiendo como las lágrimas se deslizaban por mis mejillas de forma involuntaria. No quería llorar, pero Adrián tenia este poder sobre mí; era capaz de destruirme por dentro con la misma facilidad con la que me había edificado en el pasado.

¿Cómo la misma persona podía parecer por momentos un ángel y luego convertirse en un demonio capaz de arruinarte la vida? No lo entendía… Este Adrián que se había presentado ante mí era una versión totalmente diferente del Adrián que creí conocer. Frío, arrogante, despiadado.

¿Dónde había quedado el hombre de corazón bondadoso que en el pasado me había sacado del infierno? De él no quedaba más que el recuerdo.

Recuerdo que ahora golpeaba mi mente con demasiada fuerza… no podía dejar de pensar en sus sonrisas, en él día en que lo conocí y mi mundo comenzó a cambia por completo. A veces tenía la sensación de que un podía sentir sus abrazos cálidos y sus palabras de confort, esas que me había regalado en los momentos en que creí tocar fondo… pero ahora, ahora había regresado para destruir la estabilidad, y la calma, que tanto me había costado construir.

Respire profundo antes de bajar del taxi en el instante en que se detuvo en la puerta de mi edificio. Dirigiéndome hacia el interior como una autónoma. Creo que venir aquí fue la peor decisión que pude tomar, mi departamento estaba lleno de fotografías mías con Ryan, lleno de recuerdos que ahora debían ser sepultado en el rincón más recóndito de mi memoria.

Quería llorar, gritar, destrozar el lugar, pero sabía que nada de eso sería suficiente para mitigar el dolor que me quemaba por dentro. Así que me deje caer en el sofá, abrazando uno de los enormes cojines y deje que el tiempo pasara; mientras me ahogaba en mi miseria.

No sé cuándo me quede dormida, no sé cuándo la noche se transformó en día. Hasta que en medio de mis sueños comencé a escuchar una voz, ronca, baja, seductora. Genial, ahora comenzaba a alucinar.

— Sharon — esta vez la voz se escuchó más cercana, más real.

Apenas logre abrir los ojos con dificultad, no tenía ganas de levantarme, la luz del amanecer filtrándose por el enorme ventanal me hizo cerrar los ojos con fuerza; respire profundo antes de volver a abrirlos.

Lo primero que note fue una figura grande, impotente, de pie junto al sofá donde había pasado la noche.

— ¡Mierda! — grité, asustada ante la figura desconocida, me moví con tanta brusquedad que casi caigo del sofá, pero un par de manos cálidas se posaron en mi espalda, evitando mi caída.

— Joder, Sharon, ten cuidado. Te puedes lastimar — mis ojos tardaron un par de segundos en adaptarse, hasta que mi mirada se enfocó en los hermosos ojos de Adrián, quien estaba ligeramente inclinado sobre mi mientras sostenía la parte superior de mi cuerpo, evitando que cayera al suelo.

Rápidamente me aleje, acomodando mi postura sobre el sofá y mirándolo con absoluto desprecio.

— ¿Qué mierdas haces aquí? ¡No entres así a mi casa! ¡Casi me matas de un infarto, pensando que eras un ladrón! — reproche, llevándome una mano al pecho, justo donde mi corazón latía desenfrenado.

Adrián arqueo una ceja mientras se cruzaba de brazos.

— 1 es mi departamento también. Tengo llaves. 2 ¿Cómo carajo va a entrar un ladrón si este es uno de los edificios más seguros de la ciudad?

Yo lo mire con desprecio antes de responder.

— Con lo jodida que es mi suerte. No me sorprendería que algo así ocurra — Adrián respiro profundo.

— Odio cuando comienzas con esa boquita colorida. No digas malas palabras Sharon. ¿Eso es lo que le enseñaras a nuestros hijos?

— ¿De qué m****a estás hablando? ¿Cuáles hijos? ¡Si solo vamos a estar casados un par de años! — comencé a sentir el tic nervioso de mi ojo activarse.

— Dos años es más que suficiente para tener hijos. ¡De preferencia gemelos!, está estipulado en el contrato, que por cierto no leíste.

Abrí mucho los ojos mirándolo con horror. ¡Debí leer esa porquería! De pronto Adrián soltó una carcajada burlona. Por un instante tuve la sensación que estaba ante el Adrián que había sido mi salvador y no ante el que se había convertido en mi verdugo.

— Es una broma, Sharon — esa bendita sonrisa burlona no se borraba de su cara y yo cada vez tenía más ganas de borrársela a golpes — pero si deberías leer los documentos antes de firmar. Sharon. No sabes que loco te puede estar poniendo a firmar un contrato matrimonial.

Quise matarlo, pero como el asesinato es ilegal y yo no quiero pasar una larga temporada en la cárcel, me limite a arrojarle los cojines del sofá, como si estos fueran proyectiles mortales.

— Ya, ya… ¡Pido la paz¡, ¡me rindo! — hablo Adrián entre risas, sujetando mis muñecas para evitar que siguiera con mi atentado. Por un momento permanecimos así, uno muy junto al otro, mirándonos a los ojos.

El aire se cargó de una energía extraña, una tensión demasiado evidente y que al menos yo me esforzaba por ignorar. Mi corazón comenzó a latir desenfrenado al notar la intensidad con la que me miraba y por un segundo volví a ser esa muchachita de 18 años que él encontró en un cafetín, a la cual le ofreció regalarle el mundo.

— Por si no te lo han dicho hoy — sus manos se desviaron a mi rostro, apartando los mechones de cabello que estorbaban — te ves muy hermosa cuando te enojas.

Sus manos permanecieron sobre mis mejillas, su tacto era cálido y reconfortante, sus ojos anclados a los míos con esa intensidad que antes me desarmaba y que ahora hacia que mi corazón diera un vuelvo doloroso.

Desvíe la mirada, incapaz de sostenerla por mucho tiempo, odiando lo perdida que me sentía cuando lo miraba a los ojos, pero, sobre todo; odiando sentir como si el tiempo no hubiese pasado, como si siguiéramos siendo los mismos que en algún momento se amaron con locura.

— Ve a darte una ducha rápida — pidió, alejándose de mí y retomando la compostura, esa frialdad distante e indiferente que parecía poseer desde que nos reencontramos — salimos en 10 minutos.

Asentí sin atreverme a pronunciar palabra, temiendo que mi voz fallara. Di media vuelta lista para dirigirme a mi habitación.

— Sharon — su voz me detuvo, al mirarlo note que una sonrisa burlona surcaba sus labios — 10 minutos, enserio. O ingresare y te sacare de la ducha. No me importa llevarte en bata de baño.

— Imbécil — fue mi única respuesta antes de retomar mi camino hacia el baño. Sabiendo que hoy me esperaba un día largo junto al peor de los demonios que había pisado esta ciudad.

Me di una ducha fugaz, sabiendo que, si tardaba más de lo pautado, Adrián cumpliría su promesa de sacarme de la ducha, de eso no tenía ni la más mínima duda. Me vestí con lo primero que encontré y regresé a la sala con al cabello aun goteando.

Adrián me miro de arriba abajo de manera despectiva, enmarcando una ceja de manera exagerada.

— ¿Qué? — me cruce de brazos, desafiante.

— Que ese conjunto esta horrible. Sharon. Vamos a la prueba de vestido en una boutique exclusiva. Mi prometida no puede ir en esas fachas — negó con la cabeza, aparentemente decepcionado.

— ¡Que iba a saber yo a donde vamos!

— Bueno. Ya no importa. Mi mujer puede ir vestida con un saco de papas e impondría moda solo por ser mi esposa. Vamos, ya es tarde.

Adrián no me dio tiempo de replicar, sacándome prácticamente a rastras del edificio. Abordamos en auto en completo silencio, él iba sumergido en su telefono, probablemente atendiendo cosas de trabajo como siempre solía hacer. El silencio fue incomodo, pero me di tiempo para mirar por la ventanilla mientras pensaba en Ryan.

Un suspiro involuntario escapo de mis labios. «Él no se merece esto» el pensamiento me quemaba, Ryan era un hombre bueno que no había hecho más que tratar de reconstruir los pedazos que quedaron de mi cuando mi alma se destrozó.

Fruncí el ceño al sentir la mirada de Adrián sobre mí, sude frio cuando gire la cabeza y note que me estaba observando con cara de pocos amigos. ¿Por qué rayos se había enojado?

— ¿A ti que te pasa? — me arme de valor para preguntar.

— Nada — su respuesta fue tajante, con un tono tan áspero que me helo la sangre. Antes de que pudiera soltar una respuesta audaz, el auto se detuvo y Adrián bajo de este sin siquiera dedicarme una mirada.

Dejo la puerta abierta y se perdió en el interior de la enorme boutique, con su inmenso grupo de guardaespaldas pisándole los talones.

— ¿Qué bicho le pico ahora?

Pregunte a la nada, respirando profundo e implorando paciencia.

— ¿No se lo imagina señorita Sharon? — pregunto Asdrúbal, el chofer, mirando por el espejo retrovisor; una gran sonrisa plasmada en sus labios — que bueno verla de nuevo. La vida de mi jefe es mejor cuando usted está en ella.

— Y la mia se vuelve cada vez más miserable con cada segundo que paso a su lado — Asdrúbal soltó una carcajada.

— Téngale paciencia señorita. Es un niño grande y con poder.

— Ajá.

Puse los ojos en blanco y bajé del auto antes de que a Adrián se le ocurriera la brillante idea de venir a sacarme cargada. Cuando ingrese a la boutique, Adrián me esperaba de pie en medio del salón principal. La mirada que me dedico me hizo estremecer del miedo. ¿Cómo carajo podía ser tan aterrador cuando quería?

— Janette será tu asistente, pruébate todo lo que te diga — informó, dirigiéndose a los sofás de lujo donde los acompañantes esperaban, observe como le servían champagne y se desvivían por atenderlo.

La tal Janette me miro de una manera muy desagradable antes de decirme que la siguiera a los probadores. El trato que me dio fue despectivo, como si no fuera más que basura debajo de las suelas de sus zapatos.

Me dio mil vestidos, cada uno más feo que el anterior y yo me rehusé a hacer el ridículo mostrándole esos vestidos a Adrián. Después de más de una hora en el probador, Adrián abrió las cortinas del probador de forma abrupta.

— ¿Por qué m****a no has salido a mostrarme ninguno de los vestidos? — mis ojos se encontraron con los suyos a través del reflejo del espejo.

Primero me miro anonadado, como si verme en un vestido de novia fuera una gran impresión. Luego su ceño se frunció, sus hombros se tensaron al ver como las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos sin control.

— ¿Sharon? ¿Por qué lloras? — parecía desconcertado, mientras cortaba la distancia entre nosotros con dos grandes zancadas.

— Porque… porque — ¿Qué iba a decirle? Era totalmente ridículo el motivo por el que lloraba — ¡Porque estos vestidos son horribles y Janette no hace más que tratarme como basura!...

Rompí, las lágrimas brotaron con más fuerza, los recuerdos de mis días más oscuros, del desprecio, comenzaron a arremolinarse en mi cabeza, como si las barreras que los contenían se hubiese quebrado. Me abracé a Adrián, ocultando mi rostro contra su pecho, sentí como se tensó de inmediato.

Por un instante pensé que me abrazaría, que me consolaría como solía hacerlo antes cuando sabía que yo había tocado fondo, pero en lugar de eso, sus manos se posaron sobre mis hombros, alejándome de él para mirarme a los ojos.

— No seas ridícula — me reprendió, la rabia ardiendo en sus ojos, su actitud fue fría y distante — vas a ser mi esposa. Defiéndete, usa el poder que te da convertirte en la señora Di´Marco y pon a la basura en su lugar.

Me dio un leve empujón para alejarme, luego acomodo su traje como si mi abrazo lo hubiese contaminado, sentí una punzada de dolor clavarse en mi corazón.

— Necesitas meterte en la cabeza que ahora serás una reina, mi esposa no puede estar llorando porque una estúpida vendedora la hizo sentir despreciada — respiro profundo y parecía frustrado mientras masajeaba el puente de su nariz — esto no va a funcionar… a menos que aprendas a ser realmente la esposa de un magnate.

Quise gritarle, reprocharle el menos preciar mis sentimientos de esa manera, pero no pude hacer más que abrazarme a mí misma y agachar la cabeza.

— Esto, será un mensaje para el mundo — dijo de pronto, tomando mi mano, me di cuenta que lo hacía con la intensión de colocarme un anillo de compromiso que ni siquiera sé de donde había sacado.

Intente retirar mi mano para evitar que me colocara el anillo, sabía muy bien que ese era solo un símbolo más de su posesión sobre mí, pero Adrián no me lo permitió, sujeto mi mano con mucha más fuerza.

— Firmaste el contrato. Mañana te convertirás en mi esposa y usar el anillo que te acredite como mi prometida es tu deber — parecía molesto, por lo que deje de resistirme, él coloco el anillo sin pronunciar palabra alguna.

¿Qué esperaba? ¿algún discurso de amor? ¿alguna promesa de protección? ¡Que ingenuidad de mi parte!

— Elige un vestido — ordenó, soltando mi mano y dando media vuelta para marcharse — no tenemos todo el día y mi paciencia comienza a agotarse.

Se marchó sin más, yo sentí unas suaves lagrimas comenzar a correr por mis mejillas, me giré hacia el espejo, contemplando un reflejo que ni siquiera sentía como propio.

Sabía que esto debía ser un sueño, un cuento de hadas de esos que toda mujer desea vivir. Pero, aun así, mis ojos aun brillaban con lágrimas contenidas y mi corazón no latía con la alegría de quien está a horas de casarse. Cerré los ojos, respirando profundo, sabiendo que no había vuelta atrás, que debía aceptar mi destino con dignidad, aunque me estuviera muriendo por dentro.

— ¿Sharon? — mi corazón dio un vuelco doloroso cuando esa voz me arrastró a la realidad, mis ojos se abrieron con horror mientras reconocía al hombre que habían pronunciado mi nombre.

— Ryan — mis ojos se enfrentaron a los suyos y en ese momento supe que estaba perdida. De esta no tenía forma de escapar. Quisiera o no, había llegado el momento de enfrentarlo.

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