Sharon Foster.
«¡No!¡No acepto!»
La respuesta fue gritada en mi mente mientras esas simples palabra se negaban a ser pronunciadas, sentí como si mi voz se hubiese atorado en mi garganta mientras el corazón comenzaba a latirme con demasiada intensidad, mi estómago pareció convertirse en un agujero negro que me tragaba desde adentro.
La tensión en el aire era tal que casi podía saborearla, me sentía incomoda, como si de pronto me diera cuenta que el corsé de mi vestido estaba demasiado ajustado y no me permitiera respirar.
Los murmullos comenzaron a extenderse con rapidez y a mis oídos sonaban como un enjambre de abejas zumbando enfurecidas.
Todos esperaban mi respuesta.
Fue entonces cuando Adrián dio un leve apretón en mi mano, enseguida mis ojos se encontraron con los suyos, pude ver como su ceño se fruncía ligeramente y como sus facciones se habían endurecido apenas una fracción de segundo.
El sacerdote carraspeó, una tos nerviosa estalló en el público, y por un instante tuve la espe