94. Te dije que temblarías, Névara…
Me doy cuenta demasiado tarde de que el aire del santuario se ha llenado de un murmullo distinto, de un rumor apenas audible que no nace de los corredores de piedra sino de los cuerpos que se deslizan por ellos, de los ojos que me siguen con una devoción fingida y con un temor apenas velado, y sé, sin necesidad de que nadie me lo diga, que entre estas paredes ya no reina la obediencia pura, que algo se mueve debajo de la superficie como una telaraña que me envuelve sin que yo pueda ver del todo