92. La deuda en la carne.
Todavía sentía el hueco en mi pecho, como si la ausencia de su calor hubiera dejado una forma exacta de ella dentro de mí, y en ese vacío se instalaba una rabia que no sabía si quería dirigir contra el eco, contra el Forastero o contra mí misma; la sala parecía más estrecha, las paredes cargadas de un aliento antiguo que no pertenecía a ningún ser vivo, y sin embargo mi piel ardía, no por el frío de la pérdida, sino por el roce que había quedado como una sombra de las manos que me habían sujeta