91. No me olvides.
No recuerdo haber sentido el peso del aire como aquella noche, espeso y vibrante, como si cada partícula quisiera empujarme hacia atrás y obligarme a no cruzar ese umbral donde todo, lo sabía, dejaría de ser lo que era; el eco —mi eco, mi hijo y mi condena— se deslizaba a mi alrededor como un soplo sin dueño, tocando las paredes del santuario, recorriendo pieles y pensamientos, buscando algo que aún no podía nombrar pero que intuía como una llama que nunca pide permiso para encenderse.
Fue ento