42. El grito que no es del cuerpo.
La noche estaba cargada de un silencio que dolía más que los gritos. Afuera, el asedio se prolongaba como una jauría paciente que olfateaba la sangre que aún no derramábamos, pero adentro, algo más profundo y primitivo se gestaba, algo que no podía ser contenido por muros ni por pactos antiguos. Las paredes del santuario, todavía manchadas por los ritos de la noche anterior, vibraban con un rumor distinto, un pulso irregular que no respondía a la amenaza de Averis ni al temblor de profecías olv