419. La memoria que arde cuando pronuncio su nombre.
No dormí después de que los Selladores se retiraron, no porque el cuerpo se negara al descanso, sino porque algo en mí había cruzado un umbral del que ya no se regresa al cerrar los ojos, y mientras caminaba sin rumbo preciso por las estancias interiores del palacio, con los dedos rozando distraídamente los muros como si buscara confirmar que el mundo seguía siendo sólido, comprendí que el verdadero agotamiento no provenía del uso del poder, sino de la contención prolongada, de los siglos —míos