416. Lo que arde sin consumirse.
No comienza con un grito ni con una visión, sino con una presión interna que no duele y, sin embargo, exige atención, como si algo en mí hubiera decidido dejar de esperar permiso para existir, y mientras avanzo por los corredores que todavía conservan el eco del combate reciente, comprendo que el verdadero cambio no se anuncia con estruendo, sino con esa insistencia íntima que altera la forma en que el cuerpo recuerda su propio peso.
No estoy sola, aunque mis pasos suenen aislados; llevo conmig