407. Donde el deseo aprende a sangrar.
Tengo la certeza de que algo en mí ya no puede fingir que ignora lo que sabe, porque después de la caída del Sellador y del eco que dejó su muerte, el vínculo con Aeshkar se ha vuelto más silencioso y, al mismo tiempo, más íntimo, como si hubiera aprendido a hablarme desde un lugar donde el lenguaje ya no es necesario, y esa cercanía nueva me obliga a enfrentar una verdad que no tiene que ver con la guerra, sino con lo que despierta en mí cuando dejo de defenderme.
No estoy tranquila; estoy atenta de una manera que no descansa, con los sentidos abiertos a cada variación mínima de esa presencia que me acompaña incluso cuando no la miro, y descubro que esa vigilancia no nace del miedo a perder el control, sino del temor más profundo de reconocer que ya no quiero hacerlo del todo, que hay una parte de mí que acepta el riesgo de sentir sin amortiguar, aun sabiendo que el dolor vendrá incluido.
Aeshkar no se acerca de inmediato, y ese gesto, o esa contención deliberada, dice más que cualqu