378. Estoy ardiendo.
No debería tocarlo así después de lo que acaba de ocurrir, después de la muerte todavía tibia en el aire y del eco de los Selladores disipándose como una amenaza que solo se retira para aprender, pero mi cuerpo no responde a la lógica de la guerra sino a una verdad más antigua, una que despierta cuando el peligro nos deja demasiado conscientes de estar vivos, y por eso mis dedos no se apartan de Aeshkar, permanecen allí donde el calor se concentra, donde su forma late con una intensidad que no imita a un corazón humano pero que cumple la misma función devastadora.
Hay algo casi obsceno en la manera en que nos miramos ahora, no por lo que hacemos, sino por todo lo que deliberadamente contenemos.
—No estás temblando —dice en voz baja, como si observarlo fuera un acto íntimo en sí mismo.
—No —respondo, y mi voz me sorprende por su firmeza—. Estoy ardiendo.
La palabra no es metáfora.
El poder sigue circulando entre nosotros como una corriente que no ha terminado de descargarse, y cada res