37. Cuando el cuerpo miente, la sangre canta.
La noche cae espesa, untada en un negro que parece haberse derretido del cielo mismo, como si las estrellas se hubieran disuelto en vino y la luna solo pudiera mirar, expectante y pálida, el mundo que se mueve bajo sus ojos sin párpados. El aire huele a hierba húmeda, a ceniza que guarda memoria, a sudor contenido y deseos que nunca se atrevieron a nacer; cada respiración se enreda en la anterior, cargada de promesas, de secretos que tiemblan y de nombres que no se atreven a pronunciarse. El te