338. Cuando el fuego se inclina hacia mí.
Hay un silencio extraño, tan espeso que parece cortar el aire en dos, cuando Aeshkar gira la cabeza apenas, lo suficiente para que yo vea en sus ojos una mezcla de lucidez y furia que jamás creí posible en un ser que durante tanto tiempo habíamos considerado una sombra, una amenaza, un recuerdo condenado a las grietas de un sello antiguo; y sin embargo ahí está, mirándome como si mi voz hubiese trastocado el eje del mundo, como si llamarlo por su nombre —esa palabra que me arde en la lengua aun