331. El primer ataque fue suyo.
La noche se abre como una herida sobre el cielo cuando el aire cambia de manera casi imperceptible, un estremecimiento que me recorre desde la base de la nuca hasta el centro del pecho, anunciando que quienes alguna vez encerraron a Aeshkar ya han cruzado el límite que separaba la distancia prudente del desafío abierto, y mientras él continúa de pie frente a mí, todavía envuelto en aquella luz oscura que late con un ritmo que reconozco sin necesidad de explicaciones, siento cómo algo muy antigu