331. El primer ataque fue suyo.

La noche se abre como una herida sobre el cielo cuando el aire cambia de manera casi imperceptible, un estremecimiento que me recorre desde la base de la nuca hasta el centro del pecho, anunciando que quienes alguna vez encerraron a Aeshkar ya han cruzado el límite que separaba la distancia prudente del desafío abierto, y mientras él continúa de pie frente a mí, todavía envuelto en aquella luz oscura que late con un ritmo que reconozco sin necesidad de explicaciones, siento cómo algo muy antiguo —más mío que mi propio nombre— vuelve a respirar a través de él.

No necesito girarme para saber que los selladores han llegado, porque la atmósfera se tensa con la rigidez de un metal recién forjado, el suelo vibra como si intentara retroceder ante la fuerza que se aproxima, y mi cuerpo, marcado por el beso que cambió todo, responde con un calor que asciende desde mis costillas hasta mis labios, un calor que no proviene de mí sino de ese hilo invisible que me une a Aeshkar como si compartiéram
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