330. La toqué.
El viento cambia justo cuando pienso que la noche no puede abrirse más, y sin embargo, allí, entre el resplandor irregular del fuego que se arremolina alrededor del cuerpo recién formado de Aeshkar —ese ser que todavía tiembla por la violencia de su propio renacimiento— siento cómo la realidad se distorsiona del mismo modo en que mi respiración se altera cuando él me mira, porque en sus ojos negros, ardidos por una luz interna que no es del mundo, descubro una sombra que conozco y a la vez temo, un eco que vibra en el punto exacto donde mi marca responde, latiendo con un ritmo que ya no intento controlar.
Él avanza un solo paso, y cada partícula de aire que lo rodea parece hacerse más pesada como si participara en ese deseo silencioso que se desliza por mi columna, y que se vuelve casi insoportable cuando su voz, recién recuperada y aún rasgada por el fuego, pronuncia su propio nombre —Aeshkar— con una suavidad que contradice toda la furia que lo envuelve, y siento que ese sonido se h