332. La herida que no odrá cerrar.
No sé en qué momento el aire empieza a temblar. Quizá ocurre justo después de que Aeshkar exhale esa bocanada de energía incandescente que se extiende como un velo que ondula sobre el campo arrasado, o tal vez coincide con el instante en que su nueva forma —ese cuerpo alto, esculpido por brazas vivas, atravesado por venas que parecen hilos de carbón ardiendo— termina de asentarse alrededor de su núcleo, como si el fuego hubiera encontrado por fin un recipiente digno de contenerlo. Lo cierto es