332. La herida que no odrá cerrar.
No sé en qué momento el aire empieza a temblar. Quizá ocurre justo después de que Aeshkar exhale esa bocanada de energía incandescente que se extiende como un velo que ondula sobre el campo arrasado, o tal vez coincide con el instante en que su nueva forma —ese cuerpo alto, esculpido por brazas vivas, atravesado por venas que parecen hilos de carbón ardiendo— termina de asentarse alrededor de su núcleo, como si el fuego hubiera encontrado por fin un recipiente digno de contenerlo. Lo cierto es que apenas alcanzo a registrar la belleza imposible de esa figura luminosa, cuando el mundo entero parece inhalar al mismo tiempo, un latido inmenso que precede al desastre, un aviso que llega tarde, que nos advierte solo cuando ya estamos atrapados en el fulgor que anuncia la aparición de los Selladores.
La luz se fragmenta. El sonido se dobla. El suelo vibra bajo mis rodillas.
Y luego ellos están ahí.
No caminando, no surgiendo desde ninguna dirección concreta, sino manifestándose, como si hub