315. El enemigo que pronuncia mi nombre.
El silencio que queda después de la batalla no es realmente silencio.
Es un vacío vibrante, un eco que todavía respira en los cuerpos agotados, un temblor bajo la piel como si el fuego siguiera moviéndose sin pedir permiso. Me quedo arrodillada unos segundos más, intentando entender qué significa eso que el ser acaba de decirme —que estoy completa, que él también lo está—, pero antes de que pueda organizar siquiera un pensamiento, el aire cambia.
No es viento.
No es frío.
Es… observación.
Alguien nos está mirando.
Lo sé como se sabe que un depredador acecha antes de verlo; una sensación oscura se instala entre mis omóplatos, arrastrando una sombra que no pertenece ni al bosque ni al crepúsculo.
El ser de fuego también lo siente.
Su silueta titila. Sus ojos —que hace un instante brillaban con un naciente fulgor— se oscurecen de golpe.
“Él viene.”
Su voz en mi mente no es un susurro suave esta vez. Es quebrada, tensa, casi… temerosa.
—¿Quién? —pregunto, poniéndome de pie aunque las pier