315. El enemigo que pronuncia mi nombre.
El silencio que queda después de la batalla no es realmente silencio.
Es un vacío vibrante, un eco que todavía respira en los cuerpos agotados, un temblor bajo la piel como si el fuego siguiera moviéndose sin pedir permiso. Me quedo arrodillada unos segundos más, intentando entender qué significa eso que el ser acaba de decirme —que estoy completa, que él también lo está—, pero antes de que pueda organizar siquiera un pensamiento, el aire cambia.
No es viento.
No es frío.
Es… observación.
Algui