310. Donde arde lo que aún no tiene nombre.
Despierto antes de que la luz termine de nacer, cuando el mundo todavía guarda ese temblor de duda entre el final de la noche y el inicio del día, y el aire lleva ese frío que toca la piel como si quisiera tatuar su memoria en ella, y me pregunto, mientras mis dedos rozan la sábana tibia, si alguna vez podré volver a conocer un amanecer que no traiga consigo la promesa de arder.
No arder por deseo, aunque eso también sucede —porque el deseo ahora es una criatura que respira conmigo, que lame mi