301. Ni yo.

No recuerdo el último amanecer tranquilo.

Desde hace días, el fuego no duerme.

Ni yo.

Dicen que los templos del sur amanecen encendidos incluso sin aceite, que las lámparas arden con un fulgor que no se apaga con el viento, y que los monjes se cubren los ojos porque la luz les habla.

Yo sé que es cierto.

Porque cada noche, cuando cierro los míos, veo los mismos resplandores expandirse bajo mis párpados, una constelación ardiente que se mueve con la respiración del mundo.

El fuego ya no me pertenece.

Se ha escapado de mi piel y busca su propio cuerpo en la tierra, en los hombres, en los muros.

Camino por el pasillo que conduce al santuario interior, descalza, dejando que el mármol frío me despierte.

Afuera, el cielo aún conserva un tono rojizo, como si las brasas del día anterior se negaran a extinguirse.

Las columnas parecen respirar.

Y cada antorcha que paso se enciende sola, como si reconociera mi paso.

Kael me sigue, silencioso. Lo siento detrás de mí, el calor de su cuerpo sosteni
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