302. La semilla del amanecer.
El silencio después del fuego no se parece a ningún otro.
No es calma.
Es una respiración contenida, un temblor invisible que recorre el aire como si el mundo entero esperara mi próximo movimiento.
Kael aún está de pie frente al altar, con las manos temblorosas y la mirada fija en el cristal rojo.
Yo también lo miro.
La semilla late.
No hay otra palabra que la describa mejor. Late, como si tuviera un corazón propio, como si cada pulsación fuera un recordatorio de que algo antiguo y consciente acaba de despertar.
—No te acerques —le digo, aunque no estoy segura de si quiero protegerlo o protegerla a ella, la cosa que arde en el centro de todo.
—Névara… —su voz se quiebra en una sola sílaba, como si el aire se negara a dejarlo hablar más—. ¿Qué es eso?
Camino lentamente hacia el altar, mis pasos resonando sobre la piedra húmeda.
El mármol, que antes era blanco, ahora está veteado de rojo, como si las venas de la tierra hubieran subido a la superficie.
Cuando extiendo la mano, el calor n