300. El eco del fuego. 

El amanecer no trajo reposo.

La marca aún arde, invisible a los ojos de los demás, pero tan viva que me obliga a contener la respiración para que no se desborde. Cada paso dentro del palacio deja un temblor en el aire, como si mis huellas aún conservaran el pulso de la noche anterior.

No necesito buscarlos.

Los tres están allí, esperándome en distintos rincones del salón dorado, y sé que me sienten incluso antes de verme. Arven se inclina levemente, pero ya no como un súbdito; hay algo más contenido en su gesto, algo que late con el mismo ritmo que mi corazón. Kael me observa desde la sombra de una columna, los labios entreabiertos, como si llevara horas intentando recordar cómo se respiraba. Lir, en cambio, no oculta nada: sus ojos están encendidos, vibrantes, y su piel tiene un resplandor casi febril.

Cuando me acerco, el aire cambia. Es como si el fuego que compartimos se reavivara sólo con la proximidad. Una corriente de calor invisible recorre el salón y las antorchas chispean si
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