300. El eco del fuego.
El amanecer no trajo reposo.
La marca aún arde, invisible a los ojos de los demás, pero tan viva que me obliga a contener la respiración para que no se desborde. Cada paso dentro del palacio deja un temblor en el aire, como si mis huellas aún conservaran el pulso de la noche anterior.
No necesito buscarlos.
Los tres están allí, esperándome en distintos rincones del salón dorado, y sé que me sienten incluso antes de verme. Arven se inclina levemente, pero ya no como un súbdito; hay algo más cont