296. Entonces tú...
La habitación se vuelve más pequeña. El aire se espesa.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente: un temblor leve en las manos, una sensación de calor que sube desde el pecho y me recorre hasta la garganta.
—Entonces tú… —empiezo, pero no termino.
—Sí. —Su voz es un suspiro—. Yo también fui marcado. No por el beso, sino por ti.
El silencio que sigue es tan denso que podría cortarse con una palabra. Pero ninguna basta. Y cuando da un paso hacia mí, cuando su sombra se superpone a la mía, el espacio que nos separa deja de existir.
No hay violencia en su gesto. Sólo una súplica muda. Me roza el rostro con el dorso de los dedos, y siento el temblor en su piel, como si esa caricia fuera un rito prohibido que esperó demasiado tiempo para cumplirse.—No debí recordarte así —dice—. No debí soñarte entre risas y máscaras.
—Y sin embargo lo hiciste —respondo, sin apartarme.
Nos miramos, y algo cede dentro de mí. No es deseo todavía, es memoria. Una memoria que se traduce en cuerpo, en piel, en un