295. Los susurros del bufón.

Lo sigo hasta los balcones rojos. El aire de la noche es tibio, perfumado por el jazmín que crece en los muros. Desde aquí se ve la ciudad, sus luces temblorosas, los ecos del festival extendiéndose hasta donde la vista no alcanza.

—¿Por qué trajiste esa tregua? —pregunto, apoyándome en la baranda.

—Porque el enemigo no siempre viene del otro lado del río —responde—. A veces duerme en la misma cama.

Sonrío.

—Eso lo aprendí hace mucho.

Se acerca por detrás, tan cerca que puedo sentir su aliento sobre mi cuello. No me toca, pero el calor de su cuerpo basta para tensar el aire.

—No vine solo a hablar de política —susurra.

—Lo imaginaba.

—Vine a saber si el beso que te marcó también puede marcarme.

Me giro hacia él. Sus ojos están fijos en los míos, y hay algo en su mirada que no es miedo, sino curiosidad. Le tomo la mano, la llevo hasta mi clavícula. Su pulgar roza el punto exacto donde la marca late, y una corriente invisible se derrama entre nosotros. No hay fuego visible, pero el aire
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