295. Los susurros del bufón.
Lo sigo hasta los balcones rojos. El aire de la noche es tibio, perfumado por el jazmín que crece en los muros. Desde aquí se ve la ciudad, sus luces temblorosas, los ecos del festival extendiéndose hasta donde la vista no alcanza.
—¿Por qué trajiste esa tregua? —pregunto, apoyándome en la baranda.
—Porque el enemigo no siempre viene del otro lado del río —responde—. A veces duerme en la misma cama.
Sonrío.
—Eso lo aprendí hace mucho.
Se acerca por detrás, tan cerca que puedo sentir su aliento