294. Bajo los balcones rojos.
La noche del pacto amaneció en vino y acabó en silencio, pero esta —la que sigue— es distinta. No hay rezos ni estrategias, solo el espejismo de la tregua que todos fingimos creer. El salón del palacio se abre como un corazón palpitante: alfombras de seda escarlata, columnas cubiertas con guirnaldas de amapolas, y cientos de lámparas colgando desde las vigas altas, derramando luz líquida sobre las copas.
La llaman la celebración del equilibrio, aunque todos sabemos que el equilibrio es un disfraz.
Camino entre los invitados, sintiendo los pliegues de mi vestido moverse como un animal vivo contra mi piel. La tela, casi translúcida, me acaricia las piernas con cada paso. La marca del beso, invisible para la mayoría, arde bajo la clavícula, un recordatorio persistente de que incluso cuando sonrío, algo dentro de mí sigue luchando por respirar.
Los nobles se acercan, se inclinan, pronuncian mi nombre como si lo saborearan. Algunos lo hacen con respeto, otros con deseo, otros con miedo. Es