285. Te lo advertí.
El olor a humo todavía flota sobre el mármol del palacio, como si la guerra hubiera decidido quedarse a dormir entre mis muros. Los estandartes ennegrecidos por el fuego cuelgan en silencio, y cada esquina respira la mezcla agria de incienso, sudor y miedo. He sobrevivido a la primera derrota —parcial, dicen los informes, aunque todo en mí siente que fue más profunda que eso, más íntima—. No perdí solo soldados ni tierras, sino algo que no sé nombrar todavía, una parte del pulso que me mantenía