284. Miente.
El amanecer llega teñido de un rojo imposible, como si el cielo hubiera decidido declararse culpable antes que nosotros. Desde la terraza más alta del palacio, veo cómo las banderas del reino vecino se levantan en la distancia: ondulan como lenguas de fuego, marcando la frontera con una arrogancia que solo los hombres envalentonados por el miedo saben fingir.
El aire huele a hierro, a tierra removida, a promesa de muerte. La guerra no siempre llega con tambores; a veces se anuncia con un silenc