281. El aliado envenenado.
La fiebre comenzó con un temblor leve, apenas perceptible entre los pliegues del silencio posterior al banquete. Nadie lo notó al principio; todos estábamos demasiado ocupados en sostener las sonrisas que ocultan el miedo, las copas alzadas que sellan promesas tan frágiles como el cristal. Pero cuando la última risa se apagó y los músicos dejaron caer sus arcos sobre las cuerdas, lo vi tambalearse, una sombra quebrándose en mitad del mármol.
Ahora yace frente a mí, en la penumbra tibia de mis a