280. La carta que sangra.

La noche aún respira en las paredes del palacio cuando el mensajero me deja el pergamino sobre la mesa baja, sin mirarme a los ojos. El sello es rojo, pero no es cera: es una mezcla de vino y algo más espeso, como si hubiera sido firmado con el residuo de un pecado. Lo reconozco antes de romperlo. Ese trazo oblicuo, esa curva en la inicial que solo alguien muy cercano a mí habría podido imitar. Lo sostengo entre los dedos como si ardiera, y, por un instante, me quedo inmóvil, observando cómo el
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