262. Si me llaman culpable, beban conmigo.
El amanecer me recibe con su luz dorada filtrándose entre los cortinajes pesados de mis aposentos, y mientras dejo que el calor suave acaricie mis hombros desnudos, pienso en el doble escenario que hoy me espera: el salón del consejo, donde cada palabra se convierte en daga o caricia envenenada, y mi propia cama, donde el verdadero poder se forja no en discursos sino en jadeos, en el pulso compartido del deseo.
Me visto con un cuidado calculado, eligiendo un vestido que resalta mis curvas sin v