254. Lenguas de fuego en la cama.
El aire de mis aposentos se espesa antes de que siquiera abra la boca; lo sé porque la forma en que el emisario cierra la puerta, de un golpe que no busca romper madera sino silenciar cualquier murmullo del pasillo, ya anuncia que la tormenta no será política ni diplomática, sino íntima, feroz, incontrolable. Está de pie frente a mí con esa postura rígida de quien lucha por no dejarse arrastrar por la marea de su propio corazón, y sin embargo sus ojos oscuros me dicen lo contrario: que el mar y