252. Vino sobre la piel.
El salón está encendido con la música de los laúdes y las flautas que se entrelazan como serpientes invisibles, con el choque de las copas y el perfume de los guisos que se derraman en las mesas cargadas de carnes doradas y frutas brillantes, con las risas que no son risas sinceras sino ecos de intrigas y máscaras; es un banquete en mi honor, o al menos eso fingen, porque cada mirada que se posa sobre mí, cada palabra pronunciada a media voz, cada inclinación de cabeza es una prueba, un intento