24. El final no es perdón.
El amanecer llega envuelto en un aliento de hierro y sal, filtrándose entre las grietas de las nubes como una marea lenta que avanza sin preguntar. Las rocas del risco, oscuras y cubiertas de humedad, respiran frío bajo mis pies descalzos, y cada paso es un recordatorio de que no vengo como víctima, sino como testigo de mi propia victoria. Quiero sentir la tierra crujir bajo mi peso, quiero que mis raíces —las que tanto intentaron arrancarme— sepan que sigo aquí, intacta, sin un temblor que pue