205. Entonces cállame.
El salón del trono se ilumina con decenas de antorchas, y la música de los laudistas se desliza por los corredores como un murmullo que nadie escucha realmente, porque las miradas se concentran en el recién llegado, ese hombre que se presenta con nombre nuevo, con ropas bordadas de noble, con un aire de cortesía impostada que esconde bajo cada gesto una verdad más peligrosa que cualquier arma. Nadie más lo reconoce, o al menos fingen no hacerlo, pero yo lo veo y sé. La curva de su sonrisa es la