205. Entonces cállame.
El salón del trono se ilumina con decenas de antorchas, y la música de los laudistas se desliza por los corredores como un murmullo que nadie escucha realmente, porque las miradas se concentran en el recién llegado, ese hombre que se presenta con nombre nuevo, con ropas bordadas de noble, con un aire de cortesía impostada que esconde bajo cada gesto una verdad más peligrosa que cualquier arma. Nadie más lo reconoce, o al menos fingen no hacerlo, pero yo lo veo y sé. La curva de su sonrisa es la misma que me robó aliento en noches clandestinas, la sombra de sus ojos guarda la misma promesa que me fue susurrada entre besos robados. Ahora es un huésped ilustre, un aliado de ocasión, y yo debo fingir indiferencia, debo sostener la máscara de hielo que me salva, mientras en lo profundo de mi cuerpo la memoria se retuerce como un fuego que no ha sido apagado.
Me inclino apenas al pasar frente a él, la reverencia medida de quien recibe a un invitado cualquiera, y él responde con un gesto exa